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miércoles, 2 de mayo de 2012

Camafeo nº2: Vuelta de paseo – Lorca




En el Camafeo nº2 hablamos sobre el poema “Vuelta de paseo” de Lorca. El poeta es este ángel caído con melena rebelde que se pasea por naturalezas muertas con sentimiento moderno, abandonado, incluso desesperado:











VUELTA DE PASEO

Federico García Lorca
Poeta en Nueva York, 1929-30

Asesinado por el cielo.
Entre las formas que van hacia la sierpe
y las formas que buscan el cristal,
dejaré crecer mis cabellos.

Con el árbol de muñones que no canta
y el niño con el blanco rostro de huevo.

Con los animalitos de cabeza rota
y el agua harapienta de los pies secos.

Con todo lo que tiene cansancio sordomudo
y mariposa ahogada en el tintero.

Tropezando con mi rostro distinto de cada día.
¡Asesinado por el cielo!

Condado de las Letras

miércoles, 25 de abril de 2012

Mamíferos


Como mamífera que eres
Joan Miró - Rupestres
tienes vertebrados tus deseos,
y en tu corazón hay cuatro cavidades
a ras del alma,
erguidas como ramas entre las vísceras;
y además hay palideces que vierten
un acelero cardíaco en tu pecho.

Como mamífero que soy
te ofrezco una mejilla
que retuerce el peligro
que se pierde agazapado,
y envilezco tus fosas nasales
con el roce centrípeto
acumulado en la trayectoria
                             curvilínea
de un astro.

Como mamífero que soy
me siento aquí a tu lado
y me alimento.

Conde Soto
(este poema ha sido sacado del libro inédito del Conde El amor como escafandra. Aquí podéis leer otro poema del mismo libro)

sábado, 31 de diciembre de 2011

Fin de año


Yo soy el que en la noche última
del año, como ya es costumbre,
rasgaré tus vestiduras en la habitación
contigua a donde estén los invitados.

Yo soy, pues, el primero y el único
que apoyaré tus muslos vencidos
en el suelo acabado de diciembre.
Al lado fluirá el vino y el champagne.


                                           Conde Soto

(este poema ha sido sacado del libro inédito El amor como escafandra del Conde)


sábado, 19 de noviembre de 2011

Enrique Bunbury dando tumbos por el mundo – PARTE 1: RADICAL SONORA

“Este hombre no se decide, vacila; ahora, parece afirmar una cosa, y luego la contraria: está lleno de contradicciones; no le puedo encasillar; ¿qué es?”
(Miguel de Unamuno, Del Sentimiento trágico de la vida)








La contradicción a veces parece engendrar fulgores, cuyas realidades, llenas de sugestiones, dejan tras de sí incendiarias obras. Y es que, durante años Enrique Bunbury se ha mostrado antojadizo, zigzagueante, en una búsqueda consciente a tumba abierta por esbozar inquietudes,  diferentes impulsos que parece como si le llegasen en torbellino, tanteando así una multitud de sonidos, o mejor dicho, adueñándose de ellos. Diríase que en cuanto creemos que ha encontrado su lugar, tan pronto como empezamos a entender lo último en lo cual ha dejado su impronta, él ya se muestra amodorrado, y huye despavorido de allí con la intención de escudriñar nuevos estímulos que lo alejen de donde viene, de donde se siente ya absolutamente lejano.

Ésta es la personalidad de nuestro músico: “un culo inquieto” –como él se denomina-, un inconformista radical, un investigador constante de estéticas, un acanallado viajero que recorre por instinto la manigua de los trópicos, pero que, por encima de todo, vaga por los recovecos interiores de sí mismo. Dos viajes que se complementan, uno exterior, revelador de su inabarcable deseo de plenitud, y otro interior, en el cual apela a las galerías machadianas del alma.

Cuando aparece Radical sonora allá por el año 1997, su primer disco en solitario después de la disolución de Héroes del Silencio, Bunbury cuenta ya con treinta años y cuatro álbumes de estudio con dicho grupo. Pese a tener ya una trayectoria bastante consolidada en el panorama, decide encararse frente a su espejo y abrirse camino con voluntad firme y decidida, rompiendo de esta manera con un pasado arrugado que lo asfixiaba. Sus ideas corren ahora por otros contornos, por otras diagonales. Innovador y nervudo, con el pelo corto y una pretendida imagen que dista bastante de la anterior, se retuerce en una mescolanza de sonidos árabes y de estilo drum´n´bass, pero anudados por una línea rockera que es la que da una perfecta coherencia a todo el álbum.

              El tema que mejor refleja la nueva silueta que afronta es con el que se abre el disco: “Big Bang”, una declaración de intenciones de ese espíritu rompedor, de ese diálogo personal que Bunbury hace consigo mismo y con el cual quiere autoconvencerse de su nuevo camino: “ignora fronteras, no hay ni una de ellas que merezca de veras la pena”. Ese imperativo al inicio del verso es una orden sugestiva que él se impone, y que demuestra el zarpazo definitivo que da a los límites que tenía con Héroes. Además, en medio de la canción Bunbury nos dinamita con estas preguntas retóricas: “¿qué decides? ¿qué prefieres?”, que suenan a aullido y a grito descarnado, que afirman la decisión que uno tiene para moldear su propio destino. Uno y sólo uno es el que puede alterar el orden de los acontecimientos: “tú decides qué”.

En “Negativo”, segundo corte del álbum, nos hace una interesante lectura de su vida: bares, sueños, drogas, mujeres, fama, dinero, música; un repaso emocionante y un guiño audaz a su pasado, hecho con pinceladas de recuerdos fragmentados, desmenuzados éstos con pictórica técnica expresionista. Hay aquí una resistencia al recuerdo, a regodearse en la nostalgia; no es que el pretérito sea negativo, sino que es la añoranza la que puede dejar heridas abiertas que harían difícil la continuidad y el progreso futuro. Por eso, después de rememorar con palpitado sentimiento los detalles de antaño, hace un deliberado desprecio en un crescendo rabioso, cuya negación lo abofetea y lo devuelve al momento presente: “no, no, no, decididamente, decisivamente, definitivamente no”. Se aparta de sentimentalismos y sensiblerías, trabaja con la memoria, para acto seguido negarla, para luego dejar su mente en blanco y empezar de cero.

“Contracorriente” y “Servidor de nadie” son los dos temas que mejor enlazan con esta temática de la que estamos hablando, en la medida en que la gran metamorfosis en la que está inmerso nuestro músico, conlleva una rebeldía de maldito que lo sitúan en una esfera romántica en la que se siente distinto a los demás. Advertimos, pues, una insatisfacción con el mundo: “a los tabúes establecidos por mediocres y poderosos rechazo y me burlo”, un deseo vehemente de libertad: “contra el vacío admitido, me lleno de sustancia”, un individualismo alimentado de insolencia: “caprichos, manías, contradicción o atrevimiento; descaro, groserías, oposición y menosprecio”, y sobre todo ese deseo de lo absoluto: “contra la distancia, la unidad completa”. Bunbury desobedece las reglas establecidas y se aparta del camino más transitado, reivindica los impulsos más rebeldes oponiéndose al mundo en el que vive.

Efectivamente, este espíritu romántico se nos hace aún más evidente en “Alicia (expulsada al país de las maravillas)”, donde se aparta de la realidad a través de la imaginación, a través de los lados oscuros de la razón, ensanchando así sus límites con fantasías ubicadas en el mismo inconsciente: “Alicia es siempre tan breve que ya ha terminado”. Es cuando se exploran esas galerías que normalmente están vedadas por la racionalidad, es cuando nace la inspiración necesaria para que empiece la obra.

Quizás Radical Sonora no sea el álbum más sugerente de Enrique Bunbury, no obstante es en el que se empieza a fraguar su peculiar personaje y se comienzan a esparcir los pedazos de su auténtica personalidad, porque como dice la cita de Miguel Hernández que acompaña al disco, “sólo soy yo cuando estoy solo”.


(continuará…)


Conde Soto

viernes, 9 de septiembre de 2011

Spleen


En la hora del aburrimiento
parece que burbujean logaritmos
dentro de mis cartílagos,
como si chapoteara la mímica del paralelogramo
en la sangre confundida de mi neurosis.

El hastío se come membranas,
nauseabundo se restriega en la inutilidad
que resulta si vagamos por la cosmogonía de las calles,
en un cuchicheo de miasma,
como lluvia minúscula que entraña anonimato,
porque todo es una dimensión resbaladiza del ser.

La rebelión empieza cuando se flanea desmadejado,
desbaratando la esfera por la que hierve la muchedumbre.


Conde Soto

martes, 30 de agosto de 2011

Biografías: Condes

CONDE SOTO



            Conde Soto nace en 1976 en Algeciras, Cádiz. También es conocido como la reencarnación de Bruce Lee: ambos son sagitario, con ascendente en sagitario, y Dragón en el signo chino: lo que explica su corte de pelo, su manejo del nunchaku y su  dicción del castellano-andaluz.

            Entre una clase y otra de artes marciales se dedica a escribir poemas, cuentos y canciones. Ya adolescente se da cuenta de que la guitarra seduce más a las chiquillas del instituto que su nervioso nunchaku. Esta acertada percepción le hace formar parte de un grupo de rock, Cerco de Sombra, para el cual compone canciones.    

Impulsivo, visionario y radical como es, decide irse a Madrid en 2001 soñando vivir un largo idilio romántico con la Música. Pero la Música se enamora de otros, se va con todos y lo deja tirado en las esquinas de la capital. Eso le presupone una gran crisis personal y creativa, por la cual se va a Londres en 2006, deseando olvidar sus penas.

Después de esa breve temporada británica, concluye la carrera de Filología Hispánica por la UNED, en su ciudad natal. De vuelta a Madrid, empieza a trabajar como profesor de español para extranjeros y se saca un Máster en Literatura Española, por la Universidad Complutense de Madrid.

Conoce a la Condesa en una noche de luna grávida, que esparce sobre ellos la bendición del alineamiento del cosmos. Se casan a los ocho meses. Curiosamente, los dos comparten todas las pasiones: el cuerpo, la poesía y el astrolabio.

Después de tantas peripecias, vuelve a su cuerpo natural, creativo e idealista: escribe su primer libro, que es todo un secreto y dedica su tiempo libre a coger el viejo nunchaku “sólo para dar un poco de vidilla al aire”.



CONDESA LARA



            Condesa Lara nace el 8 de agosto, en Sao Paulo (Brasil). Se nota el profundo daño que el signo de Leo imprime en su carácter: posee unas melenas rebeldes, siente profunda atracción por la inutilidad de la Belleza y una especial empatía por el alma monárquica de los girasoles.

Compone su primer poema a los cuatro años, para suplir el problema de la pronunciación de letras como la L o la R. Porque, llamándose LaRa, o la niña hablaba en versos o tendrían que resucitar al mismísimo Freud para ayudarla a superar tamaño trauma.

Por obra espontánea del destino, a los trece años caen en sus manos libros de Baudelaire, Rimbaud y Maiakovsky, cuyas lecturas harán que ingrese en la Universidad de Sao Paulo para estudiar Letras. Se especializa en Absenta, pero para cumplir el programa universitario se licencia en Literatura Francesa, Portuguesa y Brasileña.

En la Universidad se aburre profundamente del mundillo académico, que huele a dentífrico, a té de las seis y a corbatas marrones. Tanto es así que busca en otras áreas del conocimiento algo que le subvierta esa paz pequeño-burguesa de los pasillos de las bibliotecas: el futbol, el teatro y la física la salvan del tedio. (A menudo es posible verla dando largos paseos en bicicleta en compañía de un señor mayor que responde al nombre de Albert Einstein).

Decide venirse a España para una breve temporada, con la idea de seguir sus estudios en improvisación y clown, pero conoce al Conde, “mientras él se decidía si era tímido, triste o más bien torpe y definía cuál era el color del canto de las sirenas”. Este fortuito encuentro se consolida a los ocho meses con la boda de ellos.

            Ya en España, concluye un Máster en Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid. Traduce los Poemas en Prosa de Lorca al portugués y obras de Joao Cabral de Melo Neto y Roberto Piva al español.

Acaba de terminar su primer libro que se ha estado gestando el tiempo de una luna llena. Mientras no está escribiendo le encanta planchar ropa, su verdadera vocación.

            Soñaba con ser una diva de los años 50, la reencarnación de Marilyn, pero por falta de tinte para el tono platino se conforma con ser rubia, “porque si la vida es solamente una, yo prefiero pasar la mía siendo rubia, siempre rubia”.

Condado de las Letras

domingo, 28 de agosto de 2011

Retrato de Francisco Umbral



Francisco Umbral posa desnudo en un insistente invierno que vocifera escalofríos en la noche madrileña. En mitad de la habitación en la que hilvana sus sueños, sus ojos se muestran fijos, concentrados y atentos, como en unísono trance, al espanto del flash que le va a venir. A un lado los botines, los heraldos con los que siembra las calles de dandismo y chulería; atiborrados de pasos, se deletrea en su apariencia la peripecia del día a día. La calavera, que yace desflorando el destino en un desquite, presagia el final que se abate y que enturbia la existencia. La máquina de escribir tapa el falo o lo sustituye, que para el caso es mejor, porque el folio en blanco hay que llenarlo con la fuerza centrípeta que sale del sexo, en un desbordamiento de flujo y semen.

Nuestro escritor, cuyo pudor ha dejado varado en la provincia, llega a Madrid con la desnudez de quien se sabe arropado por el genio, y sólo se rodea de lo que va a hacerle artista: dandismo, sexo y muerte.

Conde Soto

martes, 16 de agosto de 2011

Cuento: EL PARPADEO DE LA LUNA QUE VIENE


La taberna del Mirlo es un antro de chusma y pendencias donde se cuecen las marrullerías más bajas de la ciudad. El Mirlo sirve a la concurrencia con gesto de revancha, como si quisiera ajustar cuentas a golpe de vasos contra la barra. ¡Marchando una caña, dos tintos y un coca-cola! Y resuelve la jugada con una bayeta que relame los resquicios de bebida vertida. El suelo está cochambroso, con garabatos de delincuencia impregnados en sus losetas; no hay más música ni otro son que la bulla desgalichada de sus clientes.

Uno de ellos se pone farruco al descubrir trampas de naipes que le han   hecho perder los cuartos. Hostia puta, que ya me estáis dando lo que se me debe – lo dice mientras se levanta y echa mano al bolsillo haciendo amago de coger la navaja. A todo esto, un botellín de Cruzcampo se le parte en mil pedazos en la testa y cae al suelo con mohínes de desconcierto. El artífice de esta salida ha sido el propio Mirlo, que no consiente ninguna gresca en su negocio, éste no es lugar para que se midan bravuras. ¡A pelear a la calle, ya estoy harto de decirlo! – se desgañita para que todos puedan oírlo. Un perro famélico dormita en la puerta, aunque el tugurio, enturbiado en un guirigay oscuro, no es propicio ni siquiera para un sueño canino.

Hay una especie de acuerdo tácito entre ellos y el Mirlo: éste ni oye ni ve lo que allí ocurre, y ellos respetan las normas que dicta su dueño; por eso todos callan y no dicen nada, no hay ninguna réplica que lo ponga a prueba. Venga Mirlo, no te cabrees, que a éste me lo llevo yo – dice uno que muestra entendimiento y que, muy solícito, levanta al perjudicado. ¡Aúpa Siroco, que no ha sido nada! El espectáculo ha acabado y el gallito de hace un momento, el tal Siroco, sale de la Taberna sin atisbo de resentimiento; sabe cómo funcionan las cosas en lo del Mirlo, y también sabe que el Mirlo es un protegido del Culebra, y que a cambio de una parte de las ganancias, éste escolta la Taberna con sus esbirros, así que más vale no meterse en problemas con él. Todo el mundo sabe cómo se las gasta.

La última vez que alguien la lio en lo del Mirlo fue hace mucho tiempo. El valentón de semejante hazaña fue el Tony, un traficante menor con aires de general y, por añadidura, ansioso de destacar en las filas de los que emborronan el grueso de las leyes. Sabía que de esta manera desafiaba al Culebra y que ésta sería su oportunidad para erigirse en amo y señor del chiringuito. Pero el que tienta la suerte puede recibir una estocada, y eso fue lo que le pasó al Tony. Dos días después apareció en la playa, enterrado hasta el cuello, con una mordedura de serpiente en la cara y un vómito seco en la arena. Los rayos del sol habían tostado su cara y amoratado la brecha de su cabeza, concebida con la culata de un revólver. Cuando lo encontraron, las moscas pululaban por las comisuras de sus labios como si intentaran reanimarlo con un boca a boca conjunto; pero ya nada se podía hacer por él, excepto desenterrarlo y descubrir que los brazos habían sido mutilados antes de la sepultura, por si se le ocurría masturbarse bajo la arena antes de dar el último suspiro.

­­­­­­­
Pero volvamos a la taberna del Mirlo, donde nos encontramos en la parte de atrás, en la oficina, al Culebra, cerveza al lado y mirada de escarnio. Está solo, no hay nadie que lo moleste a estas horas. Está contando dinero mientras da caladas lentas a su cigarro, con ademanes pausados de funcionario.

Con su cara de Keith Richards y alacrán, el Culebra desempolva sus orígenes de delincuente de poca monta nada más mirársele a la cara. Tiene ese rostro de desaire que deberían de haber tenido los conquistadores de tierras calientes en años pasados, el trazo de sus mejillas es de líneas enjutas y lánguidas, desanimadas por permanecer allí; su porte alto contrasta con el laconismo de sus manos, que casi siempre están titilantes, distraídas, pero con persistencia de dominio cuando se disponen a ejecutar algún crimen en la telaraña fatídica que se hila en la medianoche.

 La primera vez que mató fue en una bravata callejera en la que lo habían humillado. El Culebra desenvainó su acero suizo y con el temple garbo de hidalgo asestó diez puñaladas, contadas por él mismo mientras cometía el hecho, en el menda aquel que se atrevió a cruzarse en su camino, de manera que tuvo que huir a las Américas algunos años, hasta que las aguas se apaciguaron y la gente se olvidó de él. Regresó con más sed de fechorías, y ya no se contentaba con dar palos pequeños, sino que quería negocios de alta alcurnia donde se pudiera sacar de verdad plata, como él decía, impregnado todavía de los vocablos que aprendió en su destierro.

La oficina es un habitáculo que huele a muerte, de sus branquias sale un olor fétido que barrunta los augurios que la gitana le había vaticinado hace dos días: “La sangre sube por las alcantarillas, Culebra, ya eres casi un despojo”. Pero él no creía en fuerzas oscuras soterradas, imaginaba que eran pamplinas de raza forjada en supersticiones. “Llegará dentro de poco la  destrucción, y tú no estarás preparado, el destino está escrito en el parpadeo de la luna que viene”. Cábalas de vieja rancia que se gana la vida refiriendo embustes -pensaba mientras la gitana le seguía con su dedo una línea pequeña en la palma de su mano izquierda, y lo miraba a los ojos como quien contempla la agonía de alguien que se muere en su regazo, un ser ensalivado en frialdad.

El Culebra para de contar, y sus manos se quedan suspendidas en el destello que la ventana propina sobre la mesa. Hay un sonido que viene del pasillo, unas pisadas extensas donde la noche pierde su calma. El Culebra, que ha mandado que no se le moleste, cubre la galería con un grito limpio: ¿Quién anda ahí?....Pero no hay respuesta, y los pasos suenan más cerca que nunca en este sótano carcomido de luna  llena. ¿Mirlo, eres tú? Se levanta con nerviosismo y derrama la cerveza sobre los billetes que estaban ordenados en la esquina de la mesa. ¡Mierda, me cago en la puta!   Abre el cajón y coge la pistola que tantas veces ha utilizado. Una pistola plateada con la que el Culebra se siente más seguro y con la que apunta directo a la puerta, en dirección a las pisadas sonámbulas que se acercan. La sangre sube por las alcantarillas. El corazón le late con fuerza,  pasa un segundo que para él es una enredadera de tiempo. El Culebra se santigua, lo hace siempre que siente que la muerte se balancea a su lado, y eso que nunca ha creído en Dios, pero el gesto en sí le diluye el miedo al vacío.

Los pasos han cesado en mitad del pasillo, ahora el silencio es atroz. La oficina está en la parte de atrás de la taberna, y para llegar a ella hay que pasar un patio grande y un largo corredor cuya luz lleva meses estropeada, de modo que cuando se atraviesa parece un túnel interminable. Al Culebra siempre le gustó tener su cuartel general en este lugar; de sobra sabía que allí se podía albergar los acontecimientos más violentos de su negocio en la reserva y clandestinidad más absoluta. Más de una vez habían torturado a algún desgraciado para que les diera información antes de matarlo, y nadie había escuchado nada, no era probable que los gritos llegasen más allá de aquella habitación.

- Quienquiera que seas, te cuento hasta tres para que me digas quién eres o disparo -el Culebra tenía resecas las comisuras de los labios, y su voz sonaba como el aullido de  una bestia acorralada.

De pronto, una tos grave retumba en el silencio del momento, en un latigazo de sombras que se cuela en la oficina. Ya eres casi un despojo.

-Ya me estoy cansando de la broma. Uno... - el Culebra empieza la cuenta atrás.

Se reincorpora y empieza a buscar la linterna que siempre está encima de la estantería. Quiere saber quién es antes de matarlo, quiere verle la cara antes de mandarlo al otro mundo. Joder, ¿dónde coño está la puta linterna? - masculla mientras aparta de un manotazo los cartones de tabaco que se interponen en su búsqueda. Pero no está, la linterna ha desaparecido del lugar donde solía hallarse.

En ese instante, una luz sale disparada del pasillo directa a su cara.

El miedo viene en un destello que arrolla al Culebra. Cae al suelo y forcejea unos segundos para no perder la pistola, pero sus muñecas se retuercen en una sacudida y el arma se desliza debajo de la cómoda. ¡Ah, mierda! La luz se apaga y se enciende de manera intermitente alumbrando su rostro, en un regocijo que lo llena de un sudor frío.

            Una voz confusa se escurre desde la sombra: Dos.....

         Se vuelven a escuchar los pasos avanzar, y el Culebra intenta coger la pistola, pero se ha metido muy al fondo y su brazo no es lo suficientemente largo como para llegar a ella. La linterna que sale del corredor sigue pestañeando y haciéndose cada vez más intensa a medida que se acerca. La luna es un gran círculo de delirio. ¿Quién eres, joder? El Culebra sabe que tiene que afrontar el destino que le viene y por eso empieza a rezar la única oración que sabe, Padre Nuestro, que estás en el cielo... Un escalofrío le desborda la nuca y junta las manos en un acto de fe.

La noche se hace más noche cuando la luz de la oficina se apaga, y la linterna en el semblante del Culebra es la única claridad que acompaña la escena. ¡No me mates, por favor! La figura está ya dentro de la habitación. Llegará dentro de poco la destrucción, y tú no estarás preparado. La madera del suelo cruje, delatora de la cercanía. El Culebra, que ha olvidado en estos momentos el Padrenuestro, se queda a mitad del rezo y no encuentra otra forma de aplacar el miedo que le sube por la columna. ¡Por favor, coge el dinero que quieras! Está todo en la caja fuerte, toma te doy las llaves. El Culebra ofrece un manojo de llaves a la sombra, que de un manotazo las manda al otro lado de la habitación. Si no quieres dinero, ¿qué quieres de mí? La luna, en un chispazo, da forma a la figura. El Culebra no le ha visto la cara, pero ha podido vislumbrar que en una mano lleva la linterna y en la otra una pistola.

La sombra irrita por su parsimonia, todos sus movimientos son calmos hasta el límite, como si hubiera sabido desde el principio cuál iba a ser el final. En un gesto de desafío, pone su cara muy pegada a la del Culebra. Su resuello con olor a cerveza lo desborda en un temor agudo. Ya sabes lo que tienes qué hacer -le dice con una voz que al Culebra le es muy conocida. No perdamos más el tiempo -revolotean sus palabras al antojo de la noche.

La habitación ha quedado en penumbras, la luz de la linterna se ha apagado. El Culebra tiene que dejar pasar unos segundos hasta acostumbrarse a la oscuridad que le trae la muerte. Puede ver a la sombra, pero no logra distinguir su cara, la luna cierra su párpado sabiéndose cómplice. El miedo cada vez es más fuerte. Sabe que nunca ha tenido misericordia con sus víctimas, sin embargo, en esta situación está dispuesto a implorar una vez más por su vida. ¿Qué puedo hacer por ti? Haré lo que quieras, pero no me mates, te lo suplico. La sombra está empezando a perder la paciencia y le mete un golpe seco en la cabeza. El Culebra empieza a sangrar y, por primera vez, toma conciencia de su situación. Ningún grito serviría de nada, nadie lo escucharía, la taberna queda demasiado lejos y la ventana da a un solar abandonado hace años, no hay escapatoria. El destino está escrito en el parpadeo de la luna que viene. Te repito, no perdamos más el tiempo - la sombra sentencia con una repetición que determina lo que llega.

Le da la pistola al Culebra. Éste la coge sin rechistar. Ha entendido perfectamente qué es lo que debe hacer. Acaricia el arma, la cual está fría como sus manos. Sus dedos se deslizan suavemente por ella, pero hay algo que le es familiar. La luna proyecta un reflejo de espejos. El Culebra puede verla, definitivamente es su pistola.

La noche se retuerce en una corazonada, en un destino que el Culebra debe cumplir. Es ahora cuando la sombra empieza a reír y se inclina de nuevo para que se le escuche: Sí, es nuestra pistola. La risa suena a batir de huesos. El Culebra gime mientras se pone el arma apuntando su cabeza.

En las postrimerías de su vida, se acuerda de la gitana de hace dos días. Recuerda sus últimas palabras: Culebra, te arrepentirás de todos tus pecados. Pues bien, había llegado el momento de arrepentirse y de asumir las faltas cometidas durante toda su vida. El Culebra pide perdón, tartamudo, su voz se desvanece en un mordisco de labios.

La sombra termina lo que había empezado: Tres.

Un disparo pellizca la noche y arquea la luna a través de la ventana. La habitación se ilumina en un convulso deseo. La luna deja ver el cuerpo del Culebra muerto en el suelo. Un espectro se difumina como una silueta cuando llega la luz.

Conde Soto

domingo, 14 de agosto de 2011

Henry Miller, un poeta en el útero del Universo



“La aceptación completa y gozosa de lo peor en uno mismo es el único medio seguro de transformarlo”. Este es el punto de partida de la motivación en la escritura de Henry Miller, pues cuando él, un tipo calvo ya entrado en años, comienza a escribir en serio y a plantearse esta actividad como un medio real de ganarse la vida, dejando de este modo su tedioso trabajo en la “Western Union Telegraph Company” de Nueva York, se desprende de todo tabú o limitación quejumbrosa que lo alejaba de una auténtica fusión con el universo, a pesar, como pudo comprobar durante muchos años, de la renuncia social y económica que eso significaba. Él es consciente de lo que quiere transformar, por lo que empieza aceptando lo más bajo que conlleva su persona, ya que advierte que la única vía para descubrirse a sí mismo es dando pasos atrás en su conocimiento del mundo. Su espíritu se revela en este momento de transgresión, y emprende su obra desde el caos y la oscuridad, desde la humillación y la carencia, destruyendo todo de lo que se había nutrido: modelos, influencias, familia, amigos…, para encontrar, a través de este abandono, la honestidad de un hombre libre; en definitiva, la autenticidad que buscaba desde hacía tiempo. Es por ello que, el pulso vitalista, tanto de lo bueno como de lo malo de sí mismo, constituye toda su obra.

Como él dijo alguna vez: “…estaba muy obsesionado con el pensamiento de la vida en el útero, sin duda alguna por la razón de que me sentía totalmente libre de cualquier responsabilidad”. Notamos mucho mejor con estas palabras, esa búsqueda de la verdad absoluta. Henry Miller encuentra la exención de todo compromiso con lo que le rodea, puesto que la única obligación que él considera como tal, es la que entabla consigo mismo. Para advertir la importancia de este factor, es imprescindible tener en cuenta el gran salto que supone para Miller el inicio de su nueva vida en París, abandonando deliberadamente su existencia anterior, y enfundándose su máscara más quijotesca, para abolir todas las prohibiciones y represiones que llevaba dentro. Sólo así podemos entender el advenimiento del escritor que aguardaba en su interior, que nunca podría haber salido a la luz si no hubiera recibido esa iluminación que le hizo creerse un genio antes de serlo.

Como nos expone en su ensayo sobre Rimbaud, El tiempo de los asesinos, él, en vez de huir, como el poeta, de las fantasías que había creado como único modo de salvarse, va a su encuentro y se empapa de ellas. Para él, escribir no es escapar de la realidad, sino que es la propia realidad, es un viaje de descubrimiento que lo acerca de una manera total al universo. Porque Miller no quiere quedarse con un trocito de mundo, él aspira a abarcar toda la humanidad en un ejercicio de vuelta en su vida, reuniendo todos los recuerdos fragmentados de su memoria y haciéndolos estallar en el papel. La manera con la que mejor encauza este fluir hacia atrás es, en algunas ocasiones, a través de un alto grado de surrealismo, con el que la mayoría de las veces nos descubre la catarsis que supone para él esos hallazgos de su memoria.

Sea como sea, Henry Miller es un poeta, un ser libre que nunca palidece, un hombre que desata las fuerzas más interiores de su ser para que reverberen en todo el cosmos. Aun cuando las cosas se ponen feas, él sigue creyendo en sí mismo y en su enorme potencial. ¿Habría escrito alguna de las cosas que hizo de no haber creído en todo lo que era capaz? Es difícil pensar en él sin verlo deambular por las calles de Paris pasando frío y hambre, y escribiendo sus novelas en cuartuchos pequeños de mala muerte. Pero es ahí donde encontramos el impulso vital que le faltaba en su Estados Unidos natal, es ahí donde se hace escritor, y sobre todo poeta. “Yo no llamo poetas a los que hacen versos, con rima o sin ella. Llamo poeta al hombre que es capaz de alterar profundamente el mundo”.


Conde Soto

lunes, 18 de julio de 2011

El día que Leopoldo María Panero se enamoró de mi marido

“Es que Narciso piensa que es feo lo que no es espejo” C. Veloso

Era inicio de verano. En Madrid, centenares de personas se esquivaban del sol en las casetas de la Feria del Libro en el Retiro. Mi marido, el Conde, estaba terminando su penúltimo libro de poemas (como los toreros, un artista siempre espera que nunca sea la última obra). Sin buscar nada en especial, paseábamos cogidos de la mano por la ancha y soleada avenida que se había montado.

Pero, en un instante, toda la claridad y amplitud se convertieron en un curioso laberinto de espejos. En un rincón, olvidado por el bullicio y por los carritos de bebés estaba él, el caballero de un mundo delirante, Leopoldo María Panero, ajeno a todo lo que no fuera su cigarillo y su mirada indiferente. Nos acercamos de manera tímida. El Conde no sabía qué decir – como si fuera necesario. No fue necesario. Leopoldo, en un sobresalto, se reconoció en el Conde, dos poetas, dos reflejos de un mismo espejo - “Así he mirado yo un día que no existe en el Último Espejo”- dos narcisos, dos amantes de la propia imagen. Leopoldo, sin dudar, dijo con mirada seductora:

- Yo sé. Tú eres el “Periodista del Jueves”.
(largo silencio)
- Yo sé. Tú eres el “Periodista del Jueves”, porque tienes el pelo muy negro.

Fugazmente, él se había enamorado del “Periodista del Jueves” de pelo negro. Se había enamorado de sí mismo en ese reflejo. “Yo sé”. Repitió la frase hipnótica una y otra vez. “Periodista del Jueves”. El Conde, entregado a su amante fugaz, se reconocía en esa mirada seductora. “Tienes el pelo muy negro”.

Uno y otro, amante y amado, el yo y el otro, todos confundidos. Los dos un mismo Narciso. “Porque/en este mundo sin ojos debe ser cierto/ que sólo la muerte nos ve”.

Alguién tocaba la espada del Conde. Quería un autógrafo del poeta. Nos alejamos. Pero los dos se miraron hasta el acorde útimo de las flautas.

Todavía hoy, cuando miro al fondo del ojo del Conde, encuentro la mirada seductora del caballero delirante.

(Basado en hechos reales)

Condesa Lara