viernes, 4 de noviembre de 2011

La imaginación

Escritos de la Ilustre Cuadrilla

Hoy tenemos el placer de recibir a un invitado muy especial en nuestros Escritos de la Ilustre Cuadrilla: el escritor y columnista de El Norte de Castilla, el célebre duque Eduardo Martínez Rico, poseedor de una cualidad fundamental para uno que se dedica al oficio de la palabra: la capacidad de escuchar. Escuchó a Francisco Umbral en sus dos libros sobre el escritor (Umbral: vida, obra y pecados y Umbral: las verdades de un mentiroso ilustre), escuchó a Pedro J. Ramírez en su Tinta en las venas, por citar algunas de sus obras. Ahora nos toca a nosotros escucharle:
(el texto que sigue fue escrito hace algunos años)


LA IMAGINACIÓN


            Una de las facultades más grandes del hombre, más divinas, es la imaginación. Los niños la poseen muy desarrollada y poco a poco la van perdiendo. No sé por qué ocurre esto: ¿la perdemos porque es algo natural en nuestra vida, o porque hay causas extrañas que propician esta pérdida? Tengo la intuición de que el colegio y la Universidad atentan contra la imaginación. Nuestra educación nos da muchas otras cosas, pero apaga las imágenes que aparecen en nuestra mente, nuestro “cine” interior.
            Me acuerdo, cuando era pequeño que les decía a mis compañeros en el recreo, en el colegio, que cerraran los ojos porque “salía cine”. No hacía falta más que cerrar los ojos para que afluyeran las imágenes a la mente y se vieran con la misma nitidez con que vemos una película. Yo eso lo perdí.
            He leído mucho a lo largo de mi vida, a veces pienso que he leído demasiado, he escrito mucho, y durante muchos años tuve apagada mi imaginación. Leía, pero no imaginaba; entendía lo que decían los autores, sus ideas, sus explicaciones, y seguía la trama de las novelas, pero no las volvía en imágenes. No veía a los personajes, ni los escenarios, nada. Eso yo creo que me ocurrió con más fuerza durante la Universidad. Estudié Filología, y no paré de leer, tampoco paré de escribir. Salvo excepciones, y estoy recordando un cuento sobre el Cid, “El signo de interrogación”, no veía, no imaginaba lo que escribía. No sé por qué pero el Cid, a mí, me devuelve la imaginación.
            Fue precisamente cuando me puse a escribir la novela Cid Campeador, que volvió la imaginación a mi mente. Veía a los personajes, las batallas, los trajes, los caballos, el ceñidor, la gran joya que levanta la codicia de los personajes… Se puede escribir de muchas maneras, pero parece elemental que cuando uno escribe un cuento o una novela imagine lo que está escribiendo. Yo sostengo que si un novelista no consigue ver lo que está escribiendo, tampoco lo hará el lector, aunque hay muchos tipos de lectores, por supuesto. También hay muchos tipos de escritores.
            El otro día di una charla en la Universidad Complutense, e Isabel Colón, la profesora que me invitó, comentó al terminar el acto que Tölkien, el gran escritor de la imaginación, el autor de El señor de los anillos, decía que cada escritor trabajaba con su formación y que él era filólogo, es decir, él trabajaba con las palabras. Y consiguió crear un inmenso universo imaginativo, lleno de tierras ignotas y personajes fabulosos, lenguas nuevas, etc.
            Si algo me gusta, y me inquieta, de la literatura es que no hay reglas, o todas son susceptibles de romperse. Alguien puede decir que una obra es muy mala, pero quinientos que es magnífica, y al revés. A mí me preocupa que me rechacen destempladamente un libro de una editorial, y en cambio me lo publique otra, y con razonable éxito. Que un lector me alabe y otro me critique furibundamente. Pero éste es un reino abierto, fértil, inabarcable, maravilloso.
            La imaginación es un túnel interior que llevamos dentro; unos lo tenemos apagado y otros lleno de luz. Por ese túnel aparecen toda clase de cosas que vamos descubriendo mientras que avanzamos. Nosotros creamos todo ese mundo, pero va apareciendo solo, por sí mismo. La mejor manera de explicarlo, hoy, es utilizando el cine: se va gestando una película en nuestra mente, un poco sola un poco gracias a nosotros, y nosotros la controlamos en cierto modo, pero sólo en cierto modo. Es una capacidad, un poder, divino, consciente e inconsciente.


                                                                                  Eduardo Martínez Rico


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